24 de noviembre de 2014

El libro de Cristian: “Camino de la Historia”

Camino de la historia

Dice Cristian Moreschi en Camino de la Historia: “Alta Gracia bien podría ser definida como una misteriosa caja de sorpresas en la que encontramos reyes, presidentes, embajadores, escritores, poetas, políticos y personalidades de todo tipo.”

Yo le agregaría: y la gente, los sueños de progreso, las traiciones, los amores misteriosos, los masones, las incógnitas sin develar; la vieja historia y la historia reciente, los héroes y los simples, la arquitectura y de nuevo la historia. Siempre, la historia.

Durante siglos, ésta se escribió a través de la gesta de los reyes y los hechos de los héroes, pero un concepto diferente hizo que la mirada se fijara en la historia minúscula, la de la gente común, la de ciudades y pueblos. Desde entonces, las crónicas se están construyendo a través de lo oculto y lo olvidado de la vida privada de cada época.

Llevado por este movimiento, Cristian Moreschi nos presenta un libro encantador, atractivo, que deja la biografía de los grandes para mostrarnos la vida de toda una sociedad que abarca siglos de narraciones, de hechos mínimos que no están seleccionados por los momentos estelares de estas personalidades, sino a través de circunstancias pequeñas e insignificantes que fueron, en verdad, las que tramaron sus vidas: la muerte de la perrita del Che Guevara, o Manuel de Falla pidiéndole al fotógrafo José Pujia, que le “tome” la foto desde abajo para no parecer tan bajito.

Me encantó el relato del pintor enamorado de una mujer enigmática, que concierta una cita a la que ella no acude, y de la cual nunca más supo nada. ¿Quién de nosotros no querría ver su cuadro, el del famoso reloj de la ciudad, el de las cuatro esferas, y las esculturas que representan sus orígenes a través de los rostros del indígena, del conquistador, del misionero y del gaucho? Y ella, en primer plano —cuenta Moreschi—, nos mira desde el pie de la pintura.

Cartas de reyes o de Sábato, personalidades como Delfina Bunge, Manuel Gálvez y su nieta Lucía, que no olvida Alta Gracia por su gruta, su Virgen y por lo que significó para su familia, se entrelazan con personajes sencillos y vigorosos como la señorita Paulina, el anciano que nació en un tren, el maestro Bútori. O con el rosal de flores blancas, regalado por su amante, que se tornan rojas a la muerte de Liniers.

La magia del relato no tiene fin, porque Alta Gracia, además, está llena de misterios que dejaron los jesuitas; en palabras del autor: “tesoros ocultos, túneles secretos, pasadizos disimulados recopilados en un archivo del imaginario popular de una historia jamás escrita.”

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